lunes, 4 de abril de 2011

SEMINARIO: EL CASO DEL HOMBRE DE LOS LOBOS: INTERPRETACIÓN Y CONSTRUCCCIÓN

FOROS DEL CAMPO LACANIANO EN BOGOTÁ

Seminario de clínica psicoanalítica: la interpretación en psicoanálisis

III sesión de trabajo

EL CASO DEL HOMBRE DE LOS LOBOS: INTERPRETACIÓN Y CONSTRUCCCIÓN

Expositora invitada: Patricia Muñoz
Miembro del Foro del Campo Lacaniano de Medellín
Analista Miembro de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano (A.M.E)

Aunque conocemos este caso por el nombre de “El hombre de los lobos” realmente fue publicado como “De la historia de una neurosis infantil”, este es un detalle importante ya que para Freud, como el mismo nos lo dice, es la posibilidad de estudiar, con un caso clínico, la neurosis infantil en un paciente adulto. Para Freud era, entonces, la manera de probar su teoría.
Este caso es sui generis dentro de los casos de Freud, primero, que todo, por que éste personaje ha escrito una autobiografía, además es el único caso que ha podido seguirse hasta la vejez (Cf. texto de Muriel Gardiner). “El hombre de los lobos” fue analizado también por Ruth Mack Brunswick, quien igualmente escribió su historia clínica. Estos hechos permiten ver el efecto del análisis desde otros autores y a través del tiempo.
Hay en este caso una riqueza inigualable: el diagnóstico de la estructura, el manejo de la transferencia, la interpretación, la construcción de una escena primitiva, la alucinación del dedo cortado y su relación con la castración. Freud le pone un límite de tiempo para terminar el análisis, hace colectas de dinero para ayudarle económicamente; hechos que tendrán efectos importantes sobre el paciente.
Dado que lo que nos interesa aquí es esencialmente la interpretación y las construcciones, en nuestra presentación nos centraremos en ellas, aunque se tocarán los puntos anteriormente señalados.

Temáticas
•  Presentación del caso: la seducción y sus consecuencias, el sueño y la escena primordial, la neurosis obsesiva, el erotismo anal. El complejo de castración.
•  Jeroglíficos
•  Interpretación
•  Diferentes tipos de interpretación
•  Construcción
•  Diferencia entre Interpretación y Construcción
•  El momento oportuno para comunicar la construcción
•  Efectos de la comunicación de la construcción en el paciente, aceptación o no de la comunicación de la construcción

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Fecha y Horario: sábado 9 de abril de 2011 de  9:00 a.m. a 3 p.m.
Lugar: calle 67 N° 6-11
 Participación: $25.000 profesionales, $10.000 estudiantes de pregrado
Informes e Inscripciones: forolacaniano@yahoo.com.mx<mailto:forolacaniano@yahoo.com.mx> / Gloria Gómez (teléfono 2493171)

jueves, 31 de marzo de 2011

La Teta y la Luna

Una mirada a la sexualidad Infantil

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El imperativo de la Felicidad

El imperativo de la felicidad
Los individuos de las sociedades modernas buscan con fervor el sueño inalcanzable de ser felices, por encima incluso de la libertad, la justicia o la alegría. Esa obsesión termina por culpabilizar toda desdicha
GERMÁN CANO (*) EL PAÍS 13/08/2010
En esa piedra angular de la reflexión de la modernidad crepuscular que es Dialéctica de la Ilustración, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer no dudaron en retroceder hasta las fuentes míticas del mundo antiguo para rastrear el origen ascético de una racionalidad instrumental orientada al trabajo y al sacrificio del goce. En 1947, año de sombríos balances en el que se publicó la obra, la arriesgada comparación entre Ulises y el buen burgués sonaba tan intempestiva como en la actualidad, pero tuvo gran eco. Para escuchar el canto seductor de las sirenas, pero sin ceder a su destructora invitación a la felicidad, el héroe se hacía atar al palo mayor después de haber tapado con cera los oídos de sus subordinados. Del mismo modo que Ulises se sustraía a la fatal seducción del canto de las sirenas atándose a este rígido mástil, el ascetismo burgués alejaba de sí tanto más obstinadamente su dicha cuanto más cerca sentía su inquietante presencia.

¿Se caracteriza nuestro sistema cultural por su afán ascético, por su austeridad respecto a todo goce? Parece más bien lo contrario: Ulises se ha soltado del mástil. Bajo la intimidatoria tiranía del imperativo de felicidad nuestras sociedades no solo habrían renunciado a todo horizonte trágico de sentido; también han criminalizado como patología toda humana e ineludible desgracia. Habríamos pasado, en suma, de habitar los insondables abismos religiosos de la culpa carnal a un mundo kitschdonde nuestra única vergüenza sería no conquistar el sueño de la felicidad.
 Muchas veces considerados como "las páginas en blanco de la historia", los días felices nunca fueron vistos con buenos ojos por los grandes clásicos. Entendámonos: no se trata de echar mano de moralina ni de volver a los buenos tiempos del sacrificio, destruyendo este nuevo becerro de oro de las sociedades tardocapitalistas. No, la felicidad es demasiado importante como para que domine como valor exclusivo. El problema radica en la ausencia de límites de un cuerpo feliz a secas. Cuando las sociedades modernas persiguen con tanto fervor ese sueño inalcanzable y abstracto llamado "felicidad individual" -incluso por encima de la libertad, la justicia o incluso la alegría-, la búsqueda compulsiva de esa sombra esquiva no tiene más remedio que culpabilizar toda desdicha.
 En este contexto de sospecha la óptica del psicoanálisis es indispensable. Desde el momento en el que se nos exhorta a ser felices, ¿no se vuelve el sexo, por ejemplo, un deber incluso más insidioso que cualquier orden moral? Con Slavojiek podríamos decir que el mejor símbolo del imperativo de felicidad actual es la viagra. Una vez que esta se ocupa de modo automático de tu erección, ya no hay excusa: ¡tienes que disfrutar del sexo! ¡Y si no eres sexualmente feliz, es por tu culpa!

Alguna responsabilidad ha tenido también cierto optimismo tecnológico, ilusoriamente convencido de poder construir a golpe de voluntad cielos sobre la tierra. Máxime cuando el paso siguiente de este proyecto prometeico fue identificar toda aflicción como "anomalía". ¿La consecuencia? Una sociedad frágil, excesivamente preocupada por la amenaza del dolor, siempre "en riesgo", desvalida, infantilizada por la necesidad de protección.
 En calidad de maestro de la paradoja, el pensador Odo Marquard nos ayuda a perfilar nuestra febril hipersensibilidad hacia la desdicha, un singular malestar que tal vez se explique a la luz de esta ambivalencia: puesto que los avances de la era moderna en derechos, reivindicaciones y la democratización del reconocimiento han despertado unas expectativas casi infinitas, la decepción de los seres humanos parece aumentar paulatinamente también con cada progreso. Una vez que se reconoce al hombre la capacidad de fundamentar su propia felicidad y se desploma toda teodicea; cuando la insatisfacción respecto al mundo, dirigida antaño hacia lo trascendente, se orienta hacia la contingencia histórica, no se tarda mucho en descubrir siempre a algún chivo expiatorio como mancha que obstaculiza el curso necesario hacia el paraíso terreno. "En el mundo de la vida de los hombres", concluye Marquard, "la felicidad siempre está junto a la infelicidad, a pesar de la infelicidad o directamente por la infelicidad". Dicho de otro modo: cuando los progresos culturales son un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo. Más bien se dan por supuestos, centrándose la atención exclusivamente en los males que perduran. Cuanta más infelicidad desaparece de la realidad, más nos ofende la infelicidad que aún persiste como resto. No habría felicidad, pues, sin sus correspondientes sombras.
 Puede que esta sea nuestra "venganza de lo reprimido": cuanto más buscamos el lecho de Procusto de la felicidad, más atrapados e inermes nos sentimos frente al dolor. Ironía de las buenas intenciones: ¿no somos nosotros los primeros seres humanos de la historia que empezamos a ser infelices por no ser felices? Para unas sociedades que buscan ante todo asegurar una vida feliz frente a los posibles excesos, el dolor no puede ser más que una presencia obscena, un desagradable tabú.
Pero bajo la bandera de la salud y de la protección avanza por medio de esta eliminación de "riesgos" un poder biopolítico que blanquea el lenguaje jurídico o político en médico. Se explica desde este punto de vista nuestra necesidad heterónoma de expertos. Terapeutas y charlatanes mediáticos de la felicidad llenan este hueco a la vez que nos reconfortan de nuestras cobardías cotidianas. El actual mercado cultural de la espiritualidad que está transformando silenciosamente las secciones de filosofía de las librerías en apartados de autoayuda es un buen síntoma de ello.
No terminan aquí las paradojas. Es curioso que la obsesión individual por ser felices en el ámbito doméstico coincida con la necesidad de aparecer a los ojos de los demás como incurables quejosos. Peter Sloterdijk ha bautizado esta ideología como la "comedia de la desdicha": la pantomima de seguir un guión victimista en sociedad a fin de blindarnos de las virtudes contaminantes del don de la felicidad genuina, por definición extática, intersubjetiva. Nos quejamos por vicio, en verdad, pero, sobre todo, porque mostrarnos como felices ante los demás nos obligaría -noblesse oblige- a ser más generosos.
Si en la ideología clásica el subyugado por el mundo de la necesidad se refugiaba en el opio de la ilusión, ahora ocurre justo lo contrario: muchos que viven cómodamente miran de reojo simulado sus desgracias. Si un Molière redivivo tuviera que escribir su sátira, sería la del obseso de la felicidad que quiere parecer más infeliz de lo que es. Con malicia Sloterdijk subraya que lo único que cabe hacer "cuando uno es feliz, rico y libre es suicidarte o hacerte corredor de maratón". Interesante reflexión para comprender cómo el culto vigoréxico al cuerpo se convierte en la coartada para no compartir la dicha. Cuando la cultura de la queja huye del dolor lo trivializa presentándolo como absolutamente ajeno a nuestro presunto derecho a la felicidad.
¿Recetas contra esta abusiva "feliz dependencia"? Lejos de esa automática búsqueda de intensidad de los nuevos sacerdotes del goce, quizá se trataría de conquistar los tonos grises, de limitar el avasallador derecho a la felicidad con un cierto sentimiento de gratitud por los regalos de la existencia. "Toda la felicidad", escribía Chesterton evocando las arbitrarias exigencias de los cuentos de hadas, "depende de abstenerse de hacer algo que en cualquier momento podría hacerse y que con frecuencia no es evidente por qué razón no ha de hacerse". Esta función del límite, por gratuito que sea, nos recuerda que la felicidad es un milagro, un regalo. No suena mal para concluir esta proclama infantil como principio de oposición a una sociedad cada vez más normalizada en torno a este estresante imperativo. Parafraseando el célebre inicio de Ana Karenina: todos los felices son felices de la misma manera, pero cada uno es desgraciado de modo singular.
 (*) Germán Cano es profesor de Filosofía en la Universidad de Alcalá de Henares y editor de las obras completas de Nietzsche que publica Gredos.

martes, 15 de marzo de 2011

Toxicomanías y salud mental

Toxicomanías y salud mental * **
por Luis Darío Salamone [*]
1- El Otro y el silencio
Una de las cuestiones que más preocupan a los interesados por la salud mental son las toxicomanías. Según Eric Laurent la salud mental existe pero, paradójicamente, poco tiene que ver con lo mental y muy poco con la salud. Guarda más relación con el Otro y el silencio[1]. Por eso Jacques-Alain Miller plantea que la salud mental es cuestión de orden público, teniendo como propósito el reintegrar al individuo a la comunidad. El orden público guarda relación con el amo, y el moderno se preocupa por la medida, por eso le agradan las encuestas, y por eso en ocasiones no mira con buenos ojos al psicoanálisis. Sin embargo contamos con una interesante casuística en la cual el psicoanálisis ha probado su eficacia. Por supuesto que bajo ningún punto de vista podemos probar su eficacia en todos los casos.

A la salud mental, como lo plantea Miller, le interesa que el sujeto ande bien por la calle. Esto me recuerda a un paciente que, luego de consumir cocaína, se subía a su auto para viajar a Mar del Plata a doscientos kilómetros por hora. Cuando llegaba, sin demorarse, regresaba. A veces lo detenían, pero entonces no le importaba a quienes lo hacían su salud mental, sino su aporte económico.
Puede pensarse en cierta articulación: el concepto de responsabilidad resulta esencial en la cuestión de la salud mental, el orden público y el psicoanálisis. Sin embargo el psicoanalista no se presenta como un trabajador de la salud mental. ¿Cuál es su parte en el desconcierto social donde las toxicomanías resuenan con fuerza, y donde la salud mental apunta, en tanto atentan contra el orden público? Debo decir que, desde que este sujeto del cual hablaba antes, se analiza, ya no se lanza a la ruta, ha sido capaz de plantearse su propósito suicida, su afán de venganza por haber contraído sida, y algunas tantas otras cosas que lo han tornado un tanto más responsable. Ahora anda bien por la calle, y por la ruta. El propósito no fue tanto que lo haga, aunque es verdad que no dejaba de inquietar, sino de que responda por lo que hacía.
Y es en esa compleja dialéctica donde el psicoanálisis puede tenderle una mano de cierta utilidad. En esos puntos donde la salud mental no puede con ese real que al psicoanálisis ocupa. Se ve claramente cuando el psicoanálisis fracasa en las cuestiones preventivas que se reclaman, sin embargo las publicidades a las que se recurren suelen empujar, paradójicamente, al toxicómano al consumo. No nos cansamos de escuchar que las propagandas incitan a los adictos, ya que la propuesta de un viaje sin retorno los excita, lo mismo que al remarcarle su nexo con la muerte no hace otra cosa que darle consistencia al mismo. Se burlan de quienes los conciben como "dibujados". Un psicoanálisis no incurre en estos errores, simplemente porque no desconoce los efectos de la pulsión de muerte en el sujeto.
2- El secreto del psicoanálisis
Por eso Miller concluye con respecto a la relación del psicoanálisis con la salud mental que: "el psicoanalista como tal no es un trabajador de la salud mental y quizás sea ese, precisamente, el secreto del psicoanálisis. A pesar de lo que pueda pensar y decir para justificar ese papel en términos de utilidad social, el secreto del psicoanálisis es que no se trata de salud mental. El psicoanalista no puede prometer, no puede dar la salud mental."[2]

Sin embargo la posición del psicoanálisis no se plantea como la de una simple exclusión con la salud mentad, sino más bien como una compleja dialéctica, siempre teniendo presente de que la salud mental no tiene utilidad para nosotros como criterio clínico.
Por otra parte los psicoanalistas suelen ocupar un lugar en las instituciones destinadas a prodigar la salud mental, y sabemos que frecuentemente cumplen con las expectativas de quienes tienen una relación más bien de sospecha hacia esa práctica que le resulta ajena a lo esperado. El psicoanalista se ocupa de que emerja una dimensión nueva del sujeto, pero "no por ello él tiene que presentarse como los suscriptores ausentes cuando el hospital, incluso la universidad, lo llaman. Puede dar testimonio ahí acerca de lo que él hace y sabe de la práctica que le es propia, sin reticencia ni complacencia, respetando lo que constituye la consistencia de discursos diferentes."[3]
3- La incidencia del psicoanálisis
Hay un papel que el tóxico cumple, ya se trate de un sujeto neurótico o psicótico, un papel que podrá estar vinculado, por ejemplo, al deseo o al delirio, y las incidencias que el psicoanálisis puede tener se juegan en relación a ese punto. Como lo plantea Eric Laurent en la conferencia que dictó en las II Jornada sobre Toxicomanías y Alcoholismo del Instituto del Campo Freudiano, "la incidencia del psicoanálisis estará en tratar de despertar, al dar la palabra al inconsciente (ya sea por la vía del deseo o por la vía del delirio en sí mismo) que el trabajo del delirio o el trabajo del deseo ponga en su lugar a la presencia del tóxico. Es esto lo que permitirá al sujeto separarse del tóxico."[4]

Por otra parte, como ha sido planteado tantas veces, la cuestión del consumo de tóxicos en el fin del siglo no es ajena a la incidencia del discurso capitalista, con el consecuente rechazo de la castración, rechazo que implica que no hay barrera alguna con respecto al goce.[5] Lacan presentó a la posición del analista como una salida al discurso capitalista. Lo hace después de, enTelevisión, referirse a la posición del analista a partir de lo que en el pasado se llamó ser un santo. Entonces dice: "Cuantos más santos hay, más se ríe, es mi principio, véase la salida del discurso capitalista -lo que constituirá un progreso-, si solamente es para algunos."[6] Se trata entonces de la salida posible del discurso capitalista, pero ese "si solamente es para algunos", nos pone en la pista de que no es para todos. Ese "no para todos" no cumple con un reclamo de la salud mental, con un ideal de "para todos", pero que, como tal, encontrará su límite. De todas formas, como Eric Laurent lo plantea, es una de las responsabilidades del analista el operar más inteligentemente y eficazmente contra la pulsión de muerte. En ese sentido debe trabajar como se las arregla para incidir en un goce, particularmente en las formas de presentación que este goce va cobrando en este fin de siglo. Es la chance que le queda para sobrevivir en el siglo venidero, porque como sabemos, a diferencia de la religión, el psicoanálisis no tiene su porvenir asegurado.
En "Psicoterapia y psicoanálisis"[7] Miller plantea que es lo que puede decirse al público y al Estado con respecto a los deberes del psicoanalista. El primer deber del psicoanalista, no está demás decirlo, es ser psicoanalista. Un segundo deber es advertir al público lo que no es un psicoanalista, aquello que no sabe ni puede prometer. Si hay algo sobre lo que el analista no sabe es sobre aquello que le falta a alguien en tanto distinto de un otro. El psicoanalista no es un vendedor de milagros, no promete la felicidad, tampoco la armonía, no asegura el orden público. En todo caso trabaja para poner en claro el deseo del sujeto, ayudarlo a descifrar aquello que insiste en su existencia. Miller señala un tercer deber: que nos hagamos responsables de proporcionar los efectos analíticos que el sujeto sea capaz de soportar.
Dijimos que el secreto del psicoanálisis es que no es un trabajador de la salud mental. Sin embargo debemos decir que si hay algo que puede resultarle saludable al sujeto, eso es el deseo. Es el remedio más eficaz para la angustia, así como la culpabilidad suele no ser ajena a la renuncia del deseo. Sin embargo, aunque el deseo puede presentarse como contrario a la homeostasis, al bienestar general, es la oportunidad para que un sujeto devenga ético. El psicoanálisis tiene una incidencia precisamente sobre este punto. Lo cual no es poco.
 
Notas
*Lic. en Psicología. Dr. en Psicología Social. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AE 2007-10). Co director del TyA (Toxicomanías y Alcoholismo) y Asesor de ENLACES, departamentos del Instituto Clínico de Buenos Aires. Docente del Instituto Clínico de Bs. As. y el Instituto Oscar Masotta. Profesor Asociado del Departamento y el Master en Psicoanálisis de la Universidad J. F. Kennedy. Autor del libro "El amor es vacío" y numerosos artículos publicados en libros, revistas y periódicos.
* Trabajo presentado en las I Jornadas del Servicio Nº 3 del Hospital Dr. José T. Borda: "El Psicoanálisis y la Salud Mental en el Fin de Siglo", 10 y 12 de Diciembre de 1998
** Publicado con la amable autorización del autor.

  1. Laurent, Eric. "¿Mental?". En Pharmakon 6/7. Plural. La Paz, 1998.
  2. Miller, Jacques-Alain. "Salud mental y orden público". En Pharmakon 6/7. Plural. La Paz, 1998. Pág. 93.
  3. Miller, Jacques-Alain. "Alocución inaugural del Servicio Jacques Lacan". En Malentendido Nº 3. Buenos Aires, 1988.
  4. Laurent, Eric. "Conferencia". En Del hacer al decir. La clínica de la toxicomanía y el alcoholismo. Sujeto, goce y modernidad. Nueva serie. Plural. La Paz, 1998.
  5. Véase al respecto el trabajo de Jorge Aleman: "Discurso capitalista y ética del psicoanálisis", en Sujeto, goce y modernidad II, Instituto del Campo Freudiano, Atuel-TyA, Buenos Aires, 1994. Daniel Sillitti ha desarrollado cuestiones relativas al tema en clases del seminario del TyA (Instituto del Campo Freudiano).
  6. Lacan, Jacques. Televisión. Editorial Anagrama. Barcelona, 1977. Pág. 99.
  7. Miller, Jacques-Alain: "Psicoterapia y psicoanálisis". En Clínica Psicoanalítica "Psicoterapia-Psicoanálisis". Instituto del Campo Freudiano. Sección Clínica de Madrid. Madrid.

Taller Lectura "Psicología de los Procesos Oníricos"

TALLER CLASE 10 DEMARZO DE 2011
1.     A partir de las lecturas sobre el sueño, en grupos de máximo 3 personas, contestemos las siguientes preguntas:
a)      1. ¿De qué depende hacer la interpretación de un sueño?
b)      2. ¿Por qué soñamos? ¿Qué es la resistencia? ¿Por qué hay más resistencia en la vigilia que en la noche?
c)       3. ¿Qué  es la censura?
d)      4. ¿En qué consiste el sueño de la inyección de Irma? ¿Qué quiso decir el soñante con ese sueño?
2.      5.  Explique en un gráfico la organización del aparato psíquico incluyendo los sistemas icc, preconsciente e inconsciente

3.     6  ¿Qué creen que quiso expresar el pintor con la siguiente obra?
7. Definir:
Condensación
Desplazamiento
Contenido Manifiesto
Contenido Latente

Programación Clase Psicoanálisis

Repaso: 17 de marzo de 2011 (Lectura Trabajo del Sueño)
Película: 22 de marzo de 2011 (Entrega Taller )
Taller Interpretación de los sueños Grupo 1: 24 de marzo 11:30 a.m. Salón C401
Parcial Psicoanálisis: 24 de marzo de 2011

Descargar "La Interpretación de los Sueños" http://literatura.itematika.com/descargar/libro/407/la-interpretacion-de-los-suenos.html

Película Clase psicoanálisis:

CINE CLASE PSICOANÁLISIS PRESENTA:
EL DÍA QUE NIEZTSCHE LLORÓ
Martes 22 de marzo de 2011
10:00 Salón B310