domingo, 8 de septiembre de 2013
Invitación Seminario de Formación Lacaniana 2 sesión
Nueva Escuela Lacaniana de Psicoanálisis NEL-BogotáSeminario de Formación LacanianaSegunda Sesión20 y 21 de septiembre de 2013<image.png>PresentaciónNos ocuparemos en esta segunda parte de los conceptos de pulsión y transferencia, e intentaremos repensar las razones por las que Lacan se ve llevado a incluir el esbozo de la pulsión en su exploración de la transferencia. La distancia entre el Ideal y el objeto es tal vez una de las fórmulas más contundentes de este Seminario y también del final del análisis que de él se desprende. Un psicoanálisis puede ser leído desde esta perspectiva como un recorrido que va, tanto del amor a la pulsión, como del padre al deseo del analista. El fundamento libidinal de la transferencia se revela entonces como el operador que podrá dar acceso a un nuevo amor. ¿Cómo puede un sujeto que ha atravesado el fantasma radical vivir la pulsión? es la pregunta que en este Seminario nos permitirá interrogar el estatuto de lo real y del final del análisis que despunta en la última enseñanza de Lacan.Fecha y hora:Viernes 20 de septiembre, 4:00 a 7:00 p.m.Sábado 21 de septiembre, 9:00 a.m a 1:00 p.m y 3:00 a 5:30 p.m.Lugar:Sede de la NEL-Bogotá (Carrera 11B No. 99-54, Of. 602)Costos:Miembros y Asociados: $150.000Participantes del CID: $175.000General: $200.000Contactos: 6113511 / 6112953, nelbog.nueva.escuela.lacaniana@gmail.com
domingo, 21 de julio de 2013
EL PSICOANALISIS ANTE EL DEBATE POSMODERNO
(from Ricardo Acevedo)
Jueves, 18 de julio de 2013
Izquierda lacaniana y antifilosofía
El autor admite que “el acierto del término ‘posmoderno’ fue mostrar que la modernidad no había sido superada, sino que entre sus pliegues había surgido algo que la excedía”, pero advierte que “la palabra ‘posmoderno’ terminó al servicio de legitimar la hegemonía neoliberal”; y –citando a Heidegger y Marx en el marco de una “antifilosofía”– propone “la elaboración conjetural de una izquierda lacaniana”.
En los comienzos de la cuestión posmoderna había una atmósfera antifundamentalista y antitrascendentalista, especialmente en la “deconstrucción” de Jacques Derrida, en el “pensamiento débil” italiano –particularmente el de Vattimo–, y también en el mundo anglosajón con Richard Rorty y su ironía liberal. Todos ellos recuperaban textos de la tradición moderna, despojándolos de la marca metafísica que los mantenía domesticados. Fue un soplo vital en el llamado “fin de la filosofía” que habían diagnosticado Heidegger y, a su modo, Marx. El espíritu posmoderno puso énfasis en la contingencia, en el antiesencialismo; esto, y su interés por las construcciones históricas de la subjetividad, su valoración del “sinsentido”, del fin de los grandes relatos, hicieron que, a mi juicio, valiera la pena considerarlo como una interlocución fecunda con relación a la enseñanza de Lacan.
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En cualquier caso, el término “modernidad” no me parece ya designar de un modo pertinente a este mundo. En realidad, ese fue el acierto del término “posmoderno”: mostrar que la modernidad no había sido superada por una nueva etapa, que no había quedado atrás como otros momentos históricos, sino que entre sus pliegues había surgido algo que la excedía, especialmente en su configuración técnico-capitalista. La expresión “hipermoderno”, en cambio, podría dar la idea de una exaltación de lo moderno.
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Pero la palabra “posmoderno” devino un adjetivo que, en su funcionamiento semántico, terminó al servicio de legitimar la nueva hegemonía neoliberal. El fin de los grandes relatos se transformó en el abandono de las cuestiones de la ideología y de la política, y funcionó como un rechazo a pensar las lógicas emancipatorias. La desfundamentación se deslizó hacia un elogio de la ironía y el escepticismo, a la fascinación por la globalización y por la “sociedad del conocimiento”. En definitiva, “posmoderno” se convirtió en sinónimo de no establecer compromiso con causa alguna y jugar a ser un espectador lúcido de los acontecimientos, privilegiando su lado estético y sin consecuencias.
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De todas maneras, no veo posible un retorno a las categorías modernas europeas que no exija releerlas de modo muy radical. El “fin de la historia”, el fin del Estado-nación y el eclipse de la noción de sujeto no eran asumibles en el contexto América latina, si ésta quería mantenerse fiel a su legado. Se trata de una fidelidad que admite todo tipo de reformulaciones, en tanto no se limite a una identificación nostálgica con las consignas del pasado, sino que introduzca la pregunta por las condiciones de una nueva práctica emancipatoria. Así entiendo a Freud, Lacan, Heidegger y Marx, en la elaboración progresiva y conjetural de una “izquierda lacaniana”.
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Pero no puede haber ninguna práctica política con vocación emancipatoria que no tenga en cuenta el sujeto, sobre el que se asienta la enseñanza de Lacan. No se puede ya pensar la política a partir de un sujeto autorreflexivo, transparente para sí, sin opacidad alguna, capaz de objetivar su experiencia y de objetivarse a sí mismo. Hay que asumir la mala noticia del sujeto lacaniano o, dicho de otro modo, las distintas impasses que conlleva la “existencia sexuada, mortal y parlante”, tal como lo planteó Lacan.
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Planteo la conjetura antifilosófica como una estrategia para convocar a la filosofía y atravesarla. Si, en cambio, se rechaza a la filosofía de entrada, tal como lo hicieron los posfreudianos, la cosa se pone más filosófica y metafísica que nunca. La antifilosofía implica reconocer el elemento filosófico presente en los dispositivos que nos rigen en la época de la técnica, y problematizarlo desde lo que la experiencia analítica enseña y, de ese modo, alcanzar la verdadera cuestión a dirimir en el fin de la filosofía, que es la experiencia política de la igualdad, lo común y la justicia.
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Es cierto que también es propio de la filosofía el deseo de despertar de sí misma. Marx estuvo habitado por ese deseo, en el materialismo dialéctico; lo estuvo Heidegger, con su intento de salir de la filosofía a partir de una nueva topología que vinculara al pensamiento con la poesía entendida como decir; lo estuvo Wittgenstein, en sus juegos de lenguaje; y otros más, con los que la antifilosofía tiene que indagar su apertura.
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Hay muchas cuestiones modernas que han quedado pendientes de reformulación. La idea de revolución, como posibilidad deliberativa que tiene un pueblo para transformar su historia, ha quedado sepultada por una filosofía política que sólo intenta pensar la adaptación o la posible viabilidad del mundo contemporáneo. Por supuesto que términos como revolución, emancipación, uso público de la razón, deben ser indagados y reformulados. A su vez, es necesario admitir que no hubo una sola modernidad, la europea, seguida de su declinación mundial. Y podríamos aceptar el término “posmoderno” para designar el tiempo del capitalismo prescindiendo de la brújula que oriente a la historia hacia algún fin último.
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Se trataría más bien de pensar en constelaciones modernas-posmodernas, como marco en el que preguntarse cómo son y serán los vínculos sociales en el siglo XXI. Es indudable que la duración, la permanencia, la temporalidad de las instituciones familiares, políticas y económicas están siendo socavadas. En Europa, por ejemplo, nadie sabe ya cuánto tiempo seguirá viviendo en su ciudad, en su trabajo o en su entorno de relaciones cotidianas. Así sucede para miles de jóvenes, y a esto se lo llama “paradigma líquido”, “corrosión del carácter”, etcétera. Pero en definitiva es la vieja profecía de Marx, la de que todo lo sólido se iba a desvanecer en el aire.
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En cierta forma, tanto Marx como Heidegger entendieron que la modernidad estaba configurada de tal modo que en sus propios elementos había algo que la excedía, al modo del desencadenamiento de un real que no iba a poder ser ya metabolizado en lo simbólico. Pero mientras que, en Marx, el “sueño histórico” de la redención comunista era el fantasma que encubría esa cuestión, Heidegger supo ver algo que ningún progreso iba a poder curar: sólo un “salto”, “un paso atrás”, un “acontecimiento” nos podría “salvar” de las “estructuras de emplazamiento” propias de la técnica, cuyo destino último es adueñarse de la subjetividad en todas sus manifestaciones. Desde esta perspectiva, se podría pensar la posmodernidad como el tiempo diferido donde se piensan las impases modernas en sus determinaciones, y se abre una consideración sobre lo que puede venir a suplir el lugar ausente de los sujetos históricos modernos; las fuerzas materiales que se pueden combinar para que surja un deseo distinto a la orden de Gozar implícita en la nueva circulación de la mercancía.
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La política de inspiración lacaniana debe tener en cuenta la diferencia entre la realidad y lo real. Lo que llamamos sociedad no es una totalidad plena y objetivable: está atravesada por imposibilidades que dislocan su trama, por elementos heterogéneos con los que ella misma, la sociedad que los engendra, no sabe qué hacer; y también por los que Laclau denomina antagonismos, que se presentan constitutivamente como imposibles de reabsorber en un movimiento histórico con un sentido finalístico. En este punto, la política se vuelve un “saber hacer ahí” –como lo diría Lacan– con lo real imposible. Esto pone en cuestión la idea clásica de revolución, como el proyecto capaz de cambiar de raíz y en su totalidad el fundamento del edificio social. La emancipación, en cambio, es una tensa y permanente negociación con lo imposible. Por esto es importante no perder el horizonte democrático, ya que, cuando se lo radicaliza haciéndose cargo de la exclusión social y confrontando con las corporaciones neoliberales, la democracia resulta ser una superficie de inscripción que impide a las prácticas emancipatorias percibirse a sí mismas como una totalidad, que se realizaría “dialécticamente”.
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La expresión, “izquierda lacaniana” –que designo como conjetura– se propone como una herramienta para pensar la política a partir de la enseñanza de Lacan y, en particular, valiéndonos de todo aquello que Lacan elaboró con respecto a la cura psicoanalítica. Es mi diferencia respecto de los filósofos neolacanianos que prefieren hacer ingresar ciertos temas o problemas lacanianos al ámbito de la filosofía. Esto surge en una época donde lo atribuible a la posmodernidad, a la subjetividad contemporánea, empezó a describirse como una lógica cultural del capitalismo tardío: el sujeto líquido, precario, sin orientación ni gravedad, atado a sus prácticas de goce sin una brújula ética, sin lazos sociales ni relatos que le permitan acuñar una experiencia de transformación... Todas estas descripciones sociológicas y antropológicas dan cuenta de la transformación radical que implica el neoliberalismo como construcción de la subjetividad.
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El neoliberalismo no es solo una ideología a favor de los mercados y el capital financiero, no se reduce a una mera política económica. Tal como lo anticipó Foucault en Nacimiento de la biopolítica, el neoliberalismo es un conjunto de prácticas teóricas, políticas, estatales, institucionales, que apuntan a una nueva invención del sujeto. El sujeto neoliberal está organizado por distintos dispositivos para concebirse a sí mismo como emprendedor, como un empresario de sí, entregado a la maximización de su rendimiento.
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El sujeto neoliberal –a diferencia de la subjetividad clásica indagada por Foucault en La hermenéutica del sujeto, que veía en los “cuidados de sí” un modo de protegerse del exceso– siempre está sobrepasado por la exigencia “empresarial”, por tener que constituir su realidad desde sí mismo en su máxima rentabilidad. Por ello se han vuelto célebres los coaches, los entrenadores personales, los consejeros, los estrategas de la vida, los asesores de emprendimiento, todas técnicas subjetivas de despolitización de la existencia.
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Por supuesto, el reverso del emprendedor neoliberal es un dese-cho deprimido, indigno de valor o reconocimiento alguno, que se consume en su goce de sí. El neoliberalismo no es la desaparición del Estado frente a la marcha del mercado en su “mano invisible”. Esto es un error de perspectiva. Tal como ya se puede ver en Europa, el neoliberalismo se apropia del Estado y sus instituciones para que funcionen como dispositivos de entrenamiento subjetivo, a fin de que el sujeto se entregue a un espacio de exigencias ilimitadas que sólo puede asumir como emprendedor de sí, por fuera de las distancias simbólicas que aún perduraban en el sujeto moderno.
* Extractado de la participación del autor en un diálogo con el psicoanalista Mario Pujó, incluido en el libro Jacques Lacan y el debate posmoderno, de reciente aparición (ed. Filigrana).
miércoles, 10 de abril de 2013
Invitación conferencia: El daño al cuerpo. Imperativo sacrificial del Otro
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domingo, 5 de agosto de 2012
Entrevista al Dr. Sigmund Freud. "El valor de la vida" 1926.
Entrevista al Dr. Sigmund Freud
"El valor de la vida" 1926
Esta entrevista fue concedida al periodista George Sylvester Viereck en 1926 en la casa de Sigmund Freud en los alpes suizos.
Se creía perdida pero en realidad se encontró que había sido publicada en el volumen de "Psychoanalysis and the Fut", en New York en 1957. Fue traducida del ingles al portugués por Paulo César Souza y al castellano por Miguel Angel Arce | |||||||||
S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad. Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma. El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los alpes austríacos. Yo había visto el país del psicoanalisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez de sabio. Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable como siempre, pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él. S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornandonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos. (Freud se rehúsa a admitir que el destino le reserva algo especial). S. Freud: ¿Por qué (dice calmamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer? George Sylvester Viereck: El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad. S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mi o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia. George Sylvester Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar? S. Freud: Absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra practicamente liquidó mis poseciones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna. (Estabamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía) S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer despues de estar muerto. George Sylvester Viereck: ¿Entonces, el señor es, al final, un profundo pesimista? S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida. George Sylvester Viereck: ¿Usted cree en la persistencia de la personalidad después de la muerte, de la forma que sea? S. Freud: No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué deberia el hombre constituir una excepción? George Sylvester Viereck: ¿Le gustaría retornar en alguna forma, ser rescatado del polvo? ¿Usted no tiene, en otras palabras, deseo de inmortalidad? S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviendose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria? No habría vínculo entre entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo. George Sylvester Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. El encuentra que el hombre puede prolongar la vida si asi lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. El cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas. S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Asi como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, asi también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, conciente o inconcientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: "Más allá del principio del placer" En el comienzo del psicoanalisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la "fiebre llamada vivir". El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción. George Sylvester Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría logicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann. S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la via directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado. (Estaba haciendo frio en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafia clara de Freud).
S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos. George Sylvester Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis? S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista como usted puede ver.... (En ese momento apareció Miss Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años de facciones inconfundiblemente anglosajonas) George Sylvester Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo? S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él. George Sylvester Viereck: Mi impresión es de que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. "Tout comprendre c'est tou pardonner". S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiento la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento. (Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, porque él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza). S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto anti-semita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío. (Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. Entanto no precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!) George Sylvester Viereck: Me pone contento, Herr Profesor, de que también el señor tenga sus complejos, de que también el señor Freud demuestre que es un mortal! S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza. George Sylvester Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos! S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida la "caza de los leones". Usted procuró siempre a las personas destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, Georg Bernard Shaw.... George Sylvester Viereck: Es parte de mi trabajo. S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre. (Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mi, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él) George Sylvester Viereck: Me gustaría, observé después de un momento, poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa, yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones. S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo. (En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión) George Sylvester Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto, al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal. S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana. George Sylvester Viereck: ¿Por qué? S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más desagradables que las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconcientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor. George Sylvester Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax. S. Freud: (sonriendo) Me contenta saber que no pueda leer. ¡El sería ciertamente, el miembro menos querido de la casa, si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo! George Sylvester Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. Entanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis, no sabíamos que nuestra personalidad es dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado. S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis despues del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconciente. George Sylvester Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue mas compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio. S. Freud: El psicoanálisis por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad. George Sylvester Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca. S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia. George Sylvester Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del "desplazamiento", de la "sexualidad infantil", de los "simbolismos de los sueños", etc- parecen permanentes. S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los sustratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes. George Sylvester Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo? S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: "Más todo faltaría si faltase el sexo" (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está "más allá" del placer -la muerte, la negociación de la vida. Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor -como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:
George Sylvester Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.
S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende al sexo. El no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. El hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del movil de todas las cosas humanas, que emanan de sus piezas el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.
George Sylvester Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dió nuevas intensidades a la literatura.
S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. El Zaratustra dice: "El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad". El psicoanalisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es inmensa por lo tanto. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poeticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es ni siquiera un poeta, es también un científico.
George Sylvester Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O'Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O'Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. "The Silver Cord" por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.
S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente.
La Clark University me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis. Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente tambien en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.
¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio! El no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos donde están la mayoría de sus seguidores. A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. El oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad!
Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. El me pareció cansado y triste al darme el adiós.
El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me conducía rápidamente para la estación. Apenas logro ver ligeramente curvado y la cabeza grisácea de Sigmund Freud que desaparecen en la distancia....
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